Tuesday, February 12, 2008

Por una Escuela Nacional de Administracion

Para quienes nos consideramos amantes del servicio público. Los que creemos que la actividad y el trabajo colectivo dignifican, nos resulta muy doloroso ver cómo ha ido progresivamente desacreditándose el quehacer político.

Nos duele escuchar a ciudadanos y ciudadanas decir que la política y los políticos son lo más sucio, o son todos iguales.

Pero lo que más nos agravia es ver cómo la demagogia, el cohecho político-electoral y el “se vale todo” para conseguir un mejor posicionamiento, a cualquier costo han ido ganando espacio en el terreno público. Como la podredumbre se ha encargado de hacer de la política una actividad abominable para muchos ciudadanos, desvirtuando su verdadero sentido.

Es común y comprensible, desde esa realidad, ver como se denigra la actividad política, cuando se pretende falsas posturas de independencia y apoliticidad por miedo a ser sindicado con tal o cual sector. Un gran trabajo han hecho con estos fines, quizás sin interés, los medios de comunicación, que priorizan los hechos de sangre, la corrupción o la amplificación del descrédito. Lo bien hecho, la honesta labor, la responsabilidad no es noticia, no encuentra espacio, “no vende”.

Aquella actividad del ciudadano que interviene en los asuntos públicos quedó en el pasado. La política, que desde sus orígenes griegos fue considerada virtuosa y el más alto honor al que podía aspirar un ciudadano, se ha convertido paulatinamente en estigma que aleja a dichos ciudadanos de sus gestores y con esto, de los asuntos que les afectan.

Es imposible pensar la democracia sin política, sin participación. Por eso consideramos, y lo hemos repetido en ocasiones anteriores, que se hace urgente la defensa de la política. La dignificación de la que fue la “ciencia más bella después de la filosofía”.

Para cambiar esta situación debemos renovar las formas y reinventar los conceptos. Empoderar a la ciudadanía de su proceso político-institucional no es tarea fácil en una realidad en la que las grandes mayorías tienen entradas inferiores a las que cubren la canasta básica familiar. Es un imposible, llevar la gente a la política cuando más del 20% de los ciudadanos no saben leer y escribir. Es un sueño, hacer una democracia real donde los ciudadanos y ciudadanas son esclavos de sus necesidades, donde no existe verdadera igualdad de oportunidades. Estamos ante un dilema que nos atrapa. ¿Y qué hacemos?

Para salir, requerimos una clase dirigente emergente formada en valores y prácticas democráticas que supere los esquemas de una democracia impuesta y no pactada, por tanto, con enormes lagunas. Requerimos invertir en nuevos recursos humanos con concepciones distintas del ejercicio político y ciudadano. Debemos refundar los cánones de la actividad pública. Una Escuela Nacional de Administración, podría ser un comienzo. Un órgano de educación superior que prepare a todo el que aspire a hacer vida política o militancia partidaria. Una facultad que cuente con los más doctos intelectuales y políticos criollos e importados para formar una nueva clase política.

En Francia, la Escuela Nacional de Administración (ENA) se creó por la ordenanza del Gobierno provisional de la República francesa bajo el mandato de General de Gaulle. Esta decisión, que debía transformar profundamente la estructura de la Administración Pública francesa surgió de la misión provisional de reforma de la Administración.

Enseñar Derecho y economía, discutir las nuevas tendencias de la administración y los medios de ejercicio del liderazgo son de los objetivos promovidos por la ENA. Sirvámonos de este ejemplo europeo y reconstruyamos la honra del quehacer político dotando a nuestras instituciones de personas con criterio.

La sociedad civil organizada en nuestro país podría tomar notas e impulsar una iniciativa de esta naturaleza que deberá ser financiada y fiscalizada en acción conjunta de los sectores público y privado. Detengamos la demagogia y promovamos la eficiencia. Por una Escuela Nacional de Administración Pública, para servir a la polis.

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